Una luz mortecina entraba
por la minúscula ventana de la cocina.
Pese a las sombras creía
ver, con perfecta nitidez, las motas de polvo.
Revoloteaban de
derecha a izquierda, arriba y abajo, en un baile que parecía
eterno.
No era consciente del tiempo que había pasado desde que
se sentó frente a la mesa desnuda. No sentía el hambre, ni la
sed.
Creía alimentarse con lo que sentía, respirar con su
abandono.
Cada sentimiento le producía, a su vez, otro de inmensa
felicidad, algo bastante curioso; le hacía sentir que seguía viva,
aunque no lo creyera.
Fuera comenzó a llover con fuerza.
- "Las gotas parecen
tener prisa ahora"- pensó. Y luego, los truenos y
relámpagos.
Resonaban por toda la casa, recorriendo cada pasillo,
escalera y habitación. Paseaban libremente, curioseando su vida y
sus secretos.
La madera de las vigas del techo crujía, y el agua
conseguía pasar a través de ellas, formando charcos a sus pies.
Más
tarde, la luz inmortalizaba la estancia.
Se levantó, impotente y
se llevó sus manos arrugadas a la cara.
No las recordaba así,
¿cuánto tiempo llevaba allí, para que su piel hubiera perdido todo
rastro de juventud?
Consiguió llegar hasta el vestíbulo, donde
el agua pasaba sin pausa bajo la puerta. Todo estaba encharcado, pero
no le importó.
Se tumbó acurrucada en la esquina más cercana a
la puerta, tiritando.
Esperaba algo, no sabía qué ni durante
cuanto tiempo debía hacerlo. Solo sabía que debía esperar.
La puerta se abrió
con un chirrido, dejando pasar una luz que parecía de otro lugar.
Alguien entró con rapidez.
-Mamá, ¡¿Qué haces en el suelo?!-
El cuerpo inerte no respondía.
La mujer se acercó. -¡Estás
empapada, mamá! ¿Cómo se te ocurre...?
Los labios de la anciana
eran completamente morados. La cogió por la cintura y consiguió
ponerla en pie. La llevó hasta el baño y la sentó en el borde de
la bañera. La cabeza de su madre recostada contra el pecho, los
brazos caían a ambos lados del cuerpo. Intentó relajarse.
Llenó
la bañera de agua tibia, le quitó la ropa y la metió con
esfuerzo.
Se quedó mirándola, dos amplios huecos se abrían paso
a ambos lados de su cara, los párpados rosados, el cabello gris.
Parecía demasiado frágil.
Con el tiempo, el color volvió, pero
no entendía por qué no despertaba.
La zarandeó con brusquedad,
reprendiéndola por lo que había hecho.
En un momento de lucidez
se detuvo, respirando entre corta damente, la observó de verdad, por
primera vez en tantos años.
La mujer abrió los ojos, unos ojos
negros, sin fondo, sin recuerdos, sin amor.
No sabía donde
estaba, ni quién era aquella loca que la miraba de aquel modo y la
besaba al mismo tiempo.
Al cabo de una eternidad, cuando la
extraña se hubo relajado, decidió explicarle que ella no era
aquella mamá de la que hablaba.
-Usted está loca, váyase
inmediatamente de mi casa. Estoy esperando a mi marido, David.
Llegará en cualquier momento, y como la vea aquí, no sé de lo que
es capaz. Se fue al pueblo de al lado, a traerme unas rosas rojas
recién cortadas, para que las ponga en el jarrón de la cocina.
La
extraña lloraba desconsoladamente.
-Mamá, pues claro que soy tu
hija, ¿ya no me recuerdas? Tienes que hacerlo. Papá ya no está, se
fue hace tiempo y no va a volver. Pero mamá, yo estoy aquí contigo,
soy tu hija. Olvida todo lo que quieras, todos los malos recuerdos,
eso está bien, pero no me olvides, no...- Dio un alarido, como de
animal herido.
La anciana se quedó mirándola.
-La juventud de hoy en día
no respeta nada. Todo le parece bien, nada amoral.
Comenzó a
buscar algo con la mirada, los ojos parecían salir de sus
órbitas.
-¡Tobby, ven aquí, querido! Sálvame de esta
condenada. ¿Y mi Tobby?- La miró- ¿Qué le has hecho? Bruja loca,
¿lo has encerrado? ¿Qué le has hecho?
-¡Mamá! Tobby no
existe, murió hace años.
La madre pareció sufrir. Salió de la
bañera azorada, mirando de nuevo a su alrededor.
-¿Pero no lo
escuchas?- Se están riendo, Beatriz, se están riendo de mí. Dicen
que estoy enferma y que ya no puedo recordar nada. Dicen lo mismo que
dices tú. Están cantando, ¿puedes escucharlos?.
Beatriz
permaneció en el suelo, escuchando a su madre cantar.
La miró
desde abajo y no la reconoció, desnuda, atemorizada. Más tarde
sufrió un mareo y cayó al suelo.
Decidió llamar a la
ambulancia. Mientras esperaba, cogió a su madre, recordando las
veces que de pequeña ella misma tuvo miedo y puedo encontrar
consuelo entre sus brazos.
-No te preocupes-le susurró,
meciéndola.- No hay por qué tener miedo. Ya ha llegado demasiado
lejos, doblará la esquina y se irá.
ANA DÍAZ
NAVARRO 4º ESO B